23.6.11

Tradición equinoccial


Vengo de pasar por la playa y está que no cabe un boquerón (ni un foráneo). En mi más tierna infancia no recuerdo que nadie fuera a ninguna playa. La gente se quedaba en su barrio, se montaba una verbena, se comían brevas (o higos, bonita conversación sin fin) y quemábamos una falla cutre llamada "júa", que representaba a algún personaje famoso del momento. Este neologismo medio sacrílego designaba a San Juan y Judas de una tacada. Al pronunciar premeditadamente con desgana, se plantea la dilogía indefinida y se quema al santo y al traidor. Los antropólogos cuentan que esto de hacer fuego la noche más corta del año (y encender velas la más larga) responde a una simbología cósmica, cuya explicación ha llenado cientos de libros y tesis. También es cierto que el agua en general (de ríos, fuentes, lagos, mar e incluso el rocío) está cargada de contenido mágico esta noche. Pero, como digo, yo no recuerdo haber ido nunca a la playa el día de San Juan.
Así que tenemos una tradición nueva, que es una paradoja equivalente a "una cosa muy antigua de hace tres días" o "una novedad de los tiempos de Diocleciano". Fenómeno parecido sucede el famoso día de los muertos, que era una celebración triste y aburrida, con riadas de vivos en los cementerios y la representación de Don Juan Tenorio, y ahora es un carnaval infantil escatológico que viene en los menús de McDonald´s.
De cualquier manera, la noche del equinoccio de verano tiene el encanto de marcar el renacer de los protectores solares, el final de los cursos académicos y el inicio de los amores estivales, esos que acaban el 28 o el 29 de agosto, justo cuando los enamorados se ponen a estudiar con ahínco y desesperanza, viendo por las ventanas de sus habitaciones las primeras hojas de los árboles flotando en la piscina.

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